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Chomin, un gran amigo, un gran maestro

Ricardo Idiquez, Chomin; 
Eibar, 1934. Su madre sentó cátedra en el Chomin de Eibar. El adquiere su arte en el Relais de Parma y Jockey, entre otros sonoros nombres, retornando al restaurante familiar en 1963. En 1964 funda el Chomin donostiarra, donde desarrolla cocina francesa y vasca dentro de los cánones clásicos y con suma profesionalidad.

Tuve la suerte de conocerle en los 90, a través de otro gran amigo y grande en este mundo de la cocina, D. Luis Irizar, con el que tuve la suerte de trabajar juntos y años más tarde de poder aprender cosas nuevas en su Escuela de Cocina de San Sebastián. Ricardo, es de esos hombres que te hacía disfrutar de todo, desde los momentos duros de la cocina, de la degustación de uno de sus platos, de una conversación en la cocina de Chomin hasta de las idas al mercado en su vespa antigua por las calles de San Sebastián. A todo le sacaba chispa y en pocas ocasiones dejabas de reír con él, por esos comentarios oportunos y que decir de la cantidad de chistes que conocía. La mayoría de ellos, como decía mi madre, eran verdes o como poco marrones. Mi madre y Chomin se llevaban a las mil maravillas, ella reía sin parar con él y a pesar de llamarle «insustancial», cuando el chiste subía de tono, se hicieron grandes amigos. No era difícil hacerte amigo de él, era un hombre de gran corazón y con ganas de que la gente disfrutará a su alrededor.

Me acuerdo un año que se celebro en Vitoria un concurso de cocina y le faltó tiempo para llamarme a Madrid y decirme que nos presentáramos Mariate, mi socia en aquel momento que también tuvo la gran suerte de pasar unos días en la cocina con él, y yo. No nos lo pensamos dos veces y al día siguiente nos fuimos para Bilbao, en compañía de mi Madre, que no se quería perder la ocasión de poder estar con él de nuevo y de ver a Ama, mi abuela. A la mañana siguiente, Chomin, Mariate y yo nos fuimos con nuestros bártulos para Vitoria. Llevábamos todos los ingredientes, hasta la sal y la pimienta con la disposición de hacer hasta el más mínimo detalle del plato, que si os digo la verdad ya no se cual era, lo único que me acuerdo es que llevaba hojaldre y por tanto teníamos que hacerlo. Nuestra sorpresa fue que allí todos los concursantes llevaban el plato prácticamente hecho y no tenían más que hacer que rematarlo y montarlo. Todos disfrutaban por las instalaciones y nosotros tres a la carrera, como si de una maratón se tratara, pues no teníamos apenas tiempo para preparar el plato desde el principio. Los tres estábamos indignados con el resto por «tramposos», aunque al final nos reíamos pensando que aquí los únicos pringados éramos nosotros. Quisimos jugar limpio, pero era una tontería, no funcionaban así los concursos, estaba permitido llevar cosas ya hechas y terminar allí los platos. El caso es que nos lo pasamos en grande y no quedamos mal, pues el tercer puesto fue para el trío. Tendría muchas más anécdotas que contar de Ricardo o Chomin, como yo le llamaba, pero hay algo que no quiero dejar de hacer y es darle las gracias por todo lo que me enseñó, no sólo de cocina, si no como persona y por tantos ratos que me hizo disfrutar en «su casa», junto con su mujer Angélica y sus hijas.

Gracias Chomin.

Covadonga

Restaurante Chomin


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