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Llevo varias semanas con distintas cenas y, aunque disfruto lo mío organizándolas, eligiendo y preparando los menús, estando con las personas que vienen y van, he decidido distanciarlas más en el tiempo; dejándolas preferiblemente para los viernes. Me parece que andaré más descansada, aunque esto signifique ver a menos gente.

En casa solemos cenar sobre las 8 de la tarde, lo hacemos no solo porque nos levantamos pronto, sino para nuestro orden; además, a nuestros amigos no les importa.

Estoy pensando con la agenda en las manos, en las cosas que tengo que llevarme y hacer durante los próximos cinco días que estaremos fuera de casa. Ando con ganas de cambio aires, retomar el olor a limpio y el verde intenso, tras una buena lluvia, que es lo que las previsiones del tiempo están anunciando; me gusta que llueva en el campo.

Tengo que impartir una clase  de cocina en el Somontano, en una de las bodegas que producen el vino de la zona. Todos son profesionales  y, aún me falta determinar algunos parámetros, repasar el escenario y cerrar el menú definitivo. Una vez más, el método y la preparación con el tiempo necesario, son las bases para que todos, alumnos, profesor y organización, estemos satisfechos.

Continúo echada en el sofá, algo reclinada para poder escribir más cómoda y desde aquí veo el la mesa-bar donde me fijo que la ginebra de la botella está dos dedos más baja que hace unos días, son el resultado, entre otras, de las cenas y del gusto por esta bebida más bien seca y que tan bien sienta; apunto algunas cosas en la lista de la compra y concreto hora con el dentista, termino los menús de la semana y contesto un par de correos que tenía pendientes. Me encuentro bien, aunque algo inquieta con la reunión del último día, el lunes próximo, poco antes del regreso, y eso que aún no me he movido del sofá.

Veo que comienzo un par de nuevos cursos de cocina que se alargaran durante los próximos diez jueves, y con ellos culmino mi reentré en Madrid; aunque culminar, culminar, lo único que culmino es lo que acabo de hacer y me dejo de monsergas que a nada llevan. Hay que continuar bregando.

Menuda mañana de domingo estoy teniendo; el haberme levantado más pronto de lo habitual, leer un rato, preparar el desayuno de los que estamos en casa, arreglarme sin prisas, y disfrutar, si, disfrutar echada, organizando distintos temas y revisando la agenda, tomando un buen café y poco más, me hace sentirme a gusto conmigo misma.

Apenas echo de menos el cigarrillo y aunque algo he engordado, me mantengo en mi peso ideal, ideal, ideal, que es el que creo oportuno y a mi marido le gusta.

Oigo el reloj de la cocina que me avisa que debo retirar del horno, la tarta de cumpleaños, Cheesecake con Frambuesa, que he preparado para Fede.  La pondré en la fuente que me regalaron Vickie y Jose, que es una monada.

Estoy oyendo pasos; se me ha acabado el tiempo -“Mi Tiempo”- y me levanto.

Continúo

 

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