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Pasan los años y, de tanto en tanto, especialmente cuando estoy organizando una clase o poniendo las bases de un nuevo curso monográfico; cuando tras la compra de los ingredientes me dirijo en coche al Aula, o cuando la estoy preparando, recuerdo con claridad, mi etapa en «Le Cordon Bleu». Veo las aulas de la Escuela, llenas de cocinas, hornos, cazos, cacerolas y demás útiles y herramientas y, a los profesores, entre otros a M. Patrick, M. Petrov, M. Diddie, diciéndonos una y otra vez, se hace así, no cojas el cuchillo de esta forma, te llevarás los dedos; deja cocer hasta que la temperatura sea esta o cuando veas que el color es…, así tantos detalles, horas de formación y de prácticas; comenzar y recomenzar un plato una y otra vez.

Cuando por mi cuenta, o bien en colaboración con otras profesionales de la Cocina como Mariate, Paola, Sesé, Mª Jesús, Sofía, Carmen,… me volvía a suceder lo mismo que viví en París y, ahora que lo retomo percibo que las cosas no han cambiado; esas imágenes vuelven a mi cabeza y, no solo eso, sino que es un volver a revivir y apreciar la Cocina y todo lo que este arte conlleva. Tengo que decir que todo me reconforta, sin quizás, con más viveza y fuerza que antes.

No quiero dejar de recordarlo, lo mismo lo mucho que les debo a estas y otras personas ya que forman parte de mi vida profesional y me llena de orgullo haberme topado con ellas; a todas ¡muchas gracias!

Cuando me preguntan cómo hago este u otro plato, cuando en ocasiones las personas se quedan solo con el nombre de la gran escuela parisina, creen que mi conocimiento y saber hacer, se basa en algo intuitivo, como por arte de birlibirloque.

Muchas veces me comentan; “tu madre te enseñó muy bien a cocinar”, pero siempre tengo que decir lo mismo, ella me enseño el gusto por la vida y por hacer bien las cosas; así como muchos otros valores que son fundamentales para desarrollar cualquier actividad. Edurne, así se llamaba, estuvo conmigo muchas horas en la cocina, mientras yo preparaba los platos, a veces incluso, me echaba una mano pelando espárragos, limpiando judías o lo que se terciara en ese momento. Manteníamos largas conversaciones de todo tipo y de ellas he aprendido mucho. Degustaba todo lo que hacía, era gran comedora, conocedora del buen gusto y una excelente crítica de este mundo. Si había algo que mejorar, lo decía, no callaba nada ni el más mínimo detalle y eso me ha ayudado mucho en mi profesión y en mi vida.

Que haya encontrado a lo largo de estos años una fusión entre lo aprendido y trabajado, no significa que mi habilidad en la cocina venga como por arte de birlibirloque, sino de años de trabajo, de muchos «día a día» cocinando como mejor he sabido, poniendo imaginación, más técnica y mucho cariño; sin duda así es.

Te iré contando más cosas.

Covadonga


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